venres, 26 de maio de 2023

Cuentos y mariposas

 

[Ramonismo 153]

'Solo humo’ ofrece, de nuevo, un Juan José Millás que disuelve las tenues fronteras entre lo real y la imaginación



La página de un libro es, sin duda, una de las puertas de acceso más firmes hacia el universo de la imaginación. Un umbral al que Juan José Millás gusta llevarnos una y otra vez a través de sus columnas, libros o comentarios radiofónicos, en los que no pocas veces, y de manera siempre inspiradora para quienes estamos al otro lado, difumina nuestra realidad a través de las posibilidades que la cotidianidad nos puede permitir, siendo, en numerosas ocasiones, algo completamente inesperado.

En esta oportunidad será con su última novela, ‘Solo humo’ (Alfaguara), desde la que el autor propone una profunda reflexión sobre cómo la literatura y un libro, en este caso un conjunto de cuentos de los Hermanos Grimm, puede abrir esas puertas cara territorios imprevisibles, en los que la fantasía se enfrenta a una realidad que queda fuera de esas páginas y que a lo largo de esta novela Juan José Millás no deja de contraponer. Para ello nos cuenta la historia de Carlos, un joven que, tras conocer la muerte de su padre, y después de hacerse cargo del piso de éste, descubre como el último libro que su padre estaba leyendo cuando falleció le permite abrir todo un itinerario de descubrimientos que se desdoblan en esas dos geografías. Una, la planteada por ese piso, con una singular relación con su vecina, y todo lo que se encierra en él, y que pocos como Juan José Millás saben describir a través de presencias, ausencias, sensaciones u objetos; y otra, la del interior de esos relatos en los que las páginas que contienen todo ese universo dirigido a los más pequeños se va a convertir en una manera de transformar y entender, de manera muy diferente, lo que sucede en la vida real.

Se va a mover, por lo tanto, el autor entre lo qué es imaginario y lo qué es real, estableciendo una permanente tensión en la que el protagonista va a intentar solucionar varias preguntas que surgen tras el fallecimiento de ese padre que se había mostrado ajeno a su hijo. A partir de esas dudas se activa una acción en la que te ves inmerso como lector para acompañar a Carlos en ese esclarecer dudas y hacerlo siempre, con un pie en cada una de esas dos mitades del libro por la que va transitando siempre la narración y que Juan José Millás maneja de manera magistral, hasta el punto de confundirnos a nosotros mismos sobre en qué lado nos encontramos mientras leemos.

Un proceso de lectura que al tiempo que nos cuenta una historia también nos deja toda una serie de propuestas sobre el acto de leer como responsabilidad, los cuentos como representaciones de la vida, incluso con su buena dosis de atrocidades, pese a estar enfocados al mundo infantil, y cómo los libros nos permiten conocer aquello que hay en las personas y que desconocemos.

Finalmente el relato, a medida que pasan las páginas, se va convirtiendo también en unos de esos textos que la literatura ha creado para los estados de crecimiento del ser humano. Como si un cuento de los hermanos Grimm se fuese adaptando a un cuento de Juan José Millás. Todo en su interior va madurando hasta el desenlace final, y todo, a través de ir incorporando diferentes capas a la narración, convirtiéndose en algo mucho más complejo de lo que podíamos pensar a priori. Tal y como acontece con esos relatos infantiles que, deteniéndose en ellos, esconden en su interior toda una serie de espacios profundos y recónditos, propios del alma humana, pero que la literatura es quién de escarbar poner ante nosotros aunque se endulcen más que como un engaño como una trampa para caer en ellos.

Como trampas también son aquellas en las que nos va haciendo caer el escritor valenciano para atraparnos en su mundo, en ese lado de la realidad que tantas veces bajo la ducha dudamos de donde se encuentra o del mismo modo a cuando nos planteamos preguntas y dudas que van contra el desarrollo normal de unas vidas que pueden cambiar su destino de manera sustancial en apenas unos segundos, marcados por un mundo lleno de casualidades y coincidencias que tienen mucho más que ver con nosotros de lo que pensamos.

Un libro sobre una mesilla de noche se puede convertir en todo un catalizador desde el que asomarnos a esos dos lados de nuestras vidas que unas personas mezclan de una u otra manera, con mayor o menor atención y concediéndole más o menos importancia a la realidad o a la fantasía, pero lo que es indudable es que quien atraviesa ese pórtico ya es incapaz de echarse atrás y necesita forjar ese equilibrio que hombres y mujeres ha ido armando desde los primeros tiempos, cuando una sombra se perfilaba en el interior de una cueva ante la eterna perplejidad del ser humano.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 29/04/2023

martes, 23 de maio de 2023

Voces de una estirpe

 

[Ramonismo 152]

Tras la muerte las ausencias nos acompañan como un coro de voces a través del cual Elvira Navarro hila su novela



CADA vez se hace más complicado encontrar relatos que te sorprendan, textos que te conmueven y en los que reconozcas que hay un intento por adentrarse en nuevos caminos o, por lo menos, por proponer lecturas diferentes a las habituales. ‘Las voces de Adriana’ (Random House), vuelve a situar a Elvira Navarro en esa posibilidad que ya conocíamos a lo largo de su trayectoria literaria, la de la búsqueda, la de explorar un territorio en el que contar, aunque sea algo ya narrado, como sucede con los grandes temas de la humanidad,  cualquier situación de una manera que se aferre al lector, que le lleve a pensar sobre el porqué de plantear una historia de una determinada forma sobre la que seguir pensando, incluso días después de haber cerrado el libro.

Esta nueva novela, por lo tanto, viene a sumarse a títulos bajo este mismo sello editorial, como ‘La isla de los conejos’ o ‘La trabajadora’, en los que Elvira Navarro nos ubica de igual manera ante ese tipo de escritos sumamente arriesgados pero que, tras su lectura, se convierten en esos relatos con los que el lector disfruta al verse interpelado como parte activa del texto e incluso como parte de la propuesta. En ‘Las voces de Adriana’ su autora se convierte en el eco de las voces de una estirpe, palabras que quedaron suspendidas en su entorno, tanto en lo íntimo como en lo físico, y desde las que ella misma busca entender toda esa genealogía que la conforma.

Dividida en tres partes: el padre, la casa y las voces, cada una de ellas se muestra como una singularidad, como la posibilidad de convertir esos distintos territorios en la gestión de los diferentes tiempos de pérdidas y desencuentros, ofreciendo cada uno de ellos una suerte de radiografía de lo vivido que, en muchos casos, se superpondrán unas con otras para componer el retrato completo de lo sucedido. La profunda reflexión sobre el duelo convive también con otro tipo de pensamientos alrededor de las nuevas disposiciones tecnológicas, las redes sociales y cómo eso ha venido en muchas ocasiones a sustituir un contacto físico o una manera de relacionarse que nos habla de un tiempo en extinción. Y es que esta novela creo que tiene mucho de eso, de la pérdida, sin duda individual, pero también colectiva, es decir de una época que llega a su final mientras convive con el inicio de otra en la que la piel, lo físico, parecen verse superados por otro tipo de identidades cuyas consecuencias quizás aún no estemos preparados para enunciar en todos sus extremos.

Elvira Navarro no rehuye la tensión, el indagar en ese pasado con una profunda huella femenina que desde las figuras de la abuela y la madre, así como todo su contexto vital, se posicionan frente a la escritora como el reconocimiento de una identidad a la que es necesario mirar a los ojos, aunque esa observación nos conduzca a agitar fantasmas, espectros que todavía hoy imaginamos revolotean alrededor de quien los invoca para darle forma a un texto tan complejo de establecer. En él confluyen también toda una serie de tensiones que nos podemos encontrar cualquiera de nosotros en nuestro contexto familiar, sobre todo cuando el tiempo se va limitando para aquellos que nos acompañan y que en nuestra mano está cuidar y entender: soledad, dependencia, cuidados, miedos, inseguridades... se van colmatando alrededor de nuestras vidas y no siempre son sencillas de rastrear desde uno mismo. Ejerce aquí, por lo tanto, la literatura una de sus virtudes, la de poner ante nosotros toda una serie de huellas de lo humano sobre las que medir nuestras propias pisadas. Relatos que parecen individuales, propios, pero que se abren a una sociedad con todavía muchas taras en ese tipo de situaciones y de relaciones entre las personas.

Todas esas voces hablan de sus protagonistas, pero también lo hacen de todos nosotros, y de cómo la literatura puede abarcar ese ámbito de lo contradictorio. «El sentido de la literatura es lo que me han enseñado que es el sentido, con sus correspondientes negaciones. Cada cosa contiene a su contrario», leemos en una de las páginas del libro, y en ese ámbito de lo contradictorio es donde se define este libro que habla de seres humanos, que es lo mismo que hacerlo de contradicciones y donde la mejor manera de resolverlas o cuando menos, de intentar apaciguarlas, es mirar hacia el contexto en el que hemos crecido y nos hemos formado. Elvira Navarro lo hace de manera firme, brillante en forma y fondo y así esas voces llegan a nosotros para ser no sólo las voces de Adriana sino las voces de cada uno de nosotros.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 22/04/2023

luns, 15 de maio de 2023

Sombras en el fuego

 

[Ramonismo 151]

'En la boca del lobo’, silencio y desamparo, reafirman la cada vez más firme trayectoria como narradora de Elvira Lindo



La literatura debe arder. Así es como los mejores libros tienen que lograr convertirse en una pira a la que arrojar todo aquello que acosa al ser humano como parte de un proceso de depuración de lo que la vida adhiere a nuestros años a través de las más diversas experiencias.

En la boca del lobo’ (Seix-Barral) tiene mucho de eso, encontrándonos un relato magníficamente construido, que se reconoce trabajado hasta la extenuación en su armazón y lenguaje, y en el que su autora, Elvira Lindo, crea una gran hoguera a la que nos obliga a mirar fijamente, de manera casi hipnótica, mientras en ella se consumen miedos y dudas, heridas y soledades, aprendizajes y violencias. Un mundo, por lo tanto, donde las llamas proyectan una serie de sombras que la escritora delimita de manera firme, a través de una serie de personajes que serán inolvidables para los lectores que se internen en este bosque inesperado e imprevisible, de silencios y desamparos, cautivador desde sus primeras páginas.

Es ese arranque, en el que conocemos a una madre y a su hija, el que nos va a dar las primeras claves de una relación que se irá tensando con el paso de las páginas y de unos años que, lejos de ser sosiego, se convierten en más aliento para ese fuego.
Son esos diálogos, esas conversaciones que plantean para ambas una suerte de huida que buscará bálsamo en la naturaleza (en un entorno rural que conoce bien la autora por motivos familiares) las primeras señales de la madurez que ha alcanzando Elvira Lindo como escritora en esta novela y que ya nos ha venido mostrando en sus dos excelentes títulos anteriores: ‘Noches sin dormir’ y ‘A corazón abierto’. Tanto aquel invierno de Nueva York, como ese retrato familiar, tan íntimo como comprometido con la escritura, confirman ese pulso firme, capaz de generar un poderoso texto en el que la propia Elvira Lindo parece haberse despojado de sus inseguridades para afrontar un relato centrado en las profundidades humanas. Ella, que no ha hecho más que dar vueltas alrededor de las personas, desde la literatura juvenil, el periodismo, la opinión o el cine, desde hace varios libros ha decidido sujetar bien fuerte las bridas desbocadas de la novela para proponernos todos estos relatos llenos de virtudes.

Valoraba los diálogos del libro, pero si algo me fascina de esta historia es cómo Elvira Lindo, a la que todos relacionados con ambientes urbanos, desde Madrid a Nueva York, nos integra en una novela donde la naturaleza es mucho más que un decorado, siendo un personaje más, o mejor dicho, un estado de ánimo que como tal es mutable y transformador de las personas. Protagonistas animales y vegetales, así como todo lo relacionado con la meteorología, no son solo un marco, sino que sus apariciones tienen mucho que ver con la trama y, sobre todo, con unos personajes que hacen de esa naturaleza un espacio en el que lograr una nueva confianza pero lo que se encuentran es todo un universo de miradas, rumores y acciones que convertirán sus vidas en algo muy distinto de lo que tenían pensado.

Esa tensión entre el hombre y la naturaleza es un magnífico contexto de una novela en la que Elvira Lindo explora tanto a la condición humana y a las diferentes relaciones que se establecen en ella, como a sí misma, al situar ese entorno de un pueblo rural en un ámbito que forma parte de ella misma, de su infancia y de la sensibilidad de una mujer en el tránsito vital al bosque de los adultos, que tiene mucho que ver con todo lo que sucede en esta narrativa que juega a ser una fábula o uno de esos cuentos clásicos en los que, normalmente, bajo sus capas se encuentran toda una serie de elementos que harían palidecer ese pretendido universo infantil. Elvira Lindo, al volver a ese territorio de su juventud, también explora su propia mirada de mujer adulta sobre una realidad que el tiempo ha ido sedimentando en ese territorio físico y humano, a buen seguro muy diferente del que se ha podido encontrar hoy en día.

Salgo de una conferencia de la gran Remedios Zafra en la que nos golpea con una frase de Kafka: «Si el libro que leemos no nos perturba, ¿para qué lo leemos?». Enseguida la vinculo a esta magnífica novela que leí hace ya unos días y que todavía me acompaña como una perturbación necesaria para seguir entendiendo aquello que somos y que lo que es tan complejo escribir y, sobre todo, hacerlo bien, como hace Elvira Lindo desde la misma boca del lobo.



Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 15/04/2023