domingo, 28 de xuño de 2020

Fusión natural


[Ramonismo 30]
'A lo lejos’, de Hernán Díaz, es un audaz relato de un hombre cobijado en la naturaleza frente a la sinrazón humana



HERNÁN DÍAZ nació en Buenos Aires, creció en Estocolmo y, en la actualidad trabaja en la norteamericana Universidad de Columbia. Un trashumante que, evidentemente, en su primera novela debía convertir su relato en un texto en el que caminar, recorrer geografías y entender nuevos territorios, se muestra como el punto de ignición de este relato aclamado con numerosos reconocimientos, así como con el respaldo de la crítica. ‘A lo lejos’ es el título de esta novela que a España llega de la mano de la editorial Impedimenta, siempre atenta a esas otras geografías literarias que asoman por el mundo y que de manera tan ejemplar se editan por este sello para poner en nuestras manos libros muy especiales, tanto por el continente como por el contenido. 
Con ‘A lo lejos’ Hernán Díaz nos sitúa en uno de esos miradores privilegiados de la literatura, la de acompañar a su protagonista en una serie de situaciones que no dejan de revelarnos, y posicionarnos, ante infinidad de preguntas sobre el ser humano y su relación con otros seres pero, en este caso, sobre todo con su entorno. Pocas novelas se han detenido de manera tan intensa en la evocación del hombre como parte de un ecosistema natural que aquí, por su propia configuración histórica, emerge como el gran personaje de la novela. Una naturaleza rebelde y compleja, una naturaleza que nos envuelve, como una gran madre, y en la que poder encontrar todo lo que necesitemos, aunque no siempre sea fácil nuestra relación con ella.
Hernán Díaz inicia ‘A lo lejos’ en un pueblecito de Suecia del que parten dos hermanos cara un país en construcción, unos Estados Unidos convertidos en la esperanza global de un futuro mejor colmado de oportunidades. Un sueño que no siempre se alcanza, en el que intervienen numerosos factores para su logro o para su fracaso. Separados durante el trayecto el protagonista de la novela, Hakan, en vez de dirigirse a Nueva York, como su hermano, llega a la costa oeste, a California, no dudando en ningún momento de esta parte inicial de la novela en recorrer todo ese inmenso país para propiciar el reencuentro. Se origina así una road-movie veteada por elementos de un western salvaje, no tan imbuido de los códigos clásicos del cinematográfico western hollywoodiense, sino que esa travesía se tiñe de un verismo de caminos polvorientos, pioneros al encuentro de su parnaso y de una civilización incapaz de situar sus cimientos de manera firme en esa naturaleza que todavía es capaz de imponer sus condiciones al ser humano.
Se citan, por apuntar referentes claros a la hora de facetar el relato de Hernán Díaz, de la literatura de Cormac McCarthy, también de ese monumento televisivo como es la serie ‘Deadwood’, y es cierto que hay tinturas de ambos universos, pero los anclajes de Hernán Díaz van más allá, hay mucho de la ‘Odisea’ de Homero, de superar decenas de pruebas para el reencuentro familiar del héroe; incluso del fordiano Ethan Edwards de ‘Centauros del Desierto’, despojado de la capacidad de vivir en sociedad y expulsado constantemente del colectivo para situarse como un individuo alejado del porche familiar. También germina, a lo largo de estas venturosas páginas en las que el lector se adentra en un conmovedor combate entre el hombre y la naturaleza, aquella semilla trascendentalista de la relación de ese ser humano con la naturaleza que grandes autores del siglo XIX norteamericano desplegaron para medirnos como especie: Thoureau, Melville o Ralph Waldo Emerson, quien en su ensayo ‘Naturaleza’ explica, como pocos, lo que se contiene en esa mirada del hombre hacia el infinito de un paisaje. El propio Hernán Díaz escribe «Nadie regresaba de más allá del horizonte», y así es como su protagonista se verá imposibilitado para la vida comunitaria, condenado a vagar por el territorio como una suerte de expiación humana.
Recupero de mi anterior lectura, el muy recomendable ‘Salvar el fuego’ de Guillermo Arriaga, una frase que el autor mexicano incluye, firmada por el propio Ralph Waldo Emerson: «El fin de la raza humana será que, eventualmente, morirá de civilización». Y así se refleja en Hakan, un ser bondadoso, científico, humanitario, ecologista e inocente al que cualquier atisbo de civilización pone precio para cobrarse en él su propia incapacidad para reconocer lo mejor del ser humano, orillándolo por hacer prevalecer nuestro carácter de especie perversa.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 27/06/2020

domingo, 21 de xuño de 2020

Mirar al fuego


[Ramonismo 29]
Guillermo Arriaga desafía al lector a adentrarse en una narración absorbente y repleta de tensiones cautivadoras


HACE TAN SOLO unas horas que le metí plomo al último libro de Guillermo Arriaga, ‘Salvar el fuego’. Tras un par de horas de sueño me levanto con esa historia retumbando todavía en mi interior, y con unas insólitas ganas de ponerme ante el ordenador para contarles mi arrebatamiento por él. Un relato de más de seiscientas páginas que durante esta última semana devoré con una fiereza que no había sentido en mucho tiempo. Un ansia lectora que prolongó su lectura durante estas últimas noches en que me batía con la historia ganadora del Premio Alfaguara de Novela 2020. Una historia salvaje, de amor y redención, de pasión y descubrimiento, pero sobre todo, una historia de vida que florece en un territorio salpicado de sangre y vísceras. Ese margen violento de un México que conoce bien, desde su infancia de calles y sones, un Guillermo Arriaga al que admiramos por su brillantísima labor cinematográfica, asumiendo guiones esenciales de la última historia del cine como son los de ‘Amores perros’, ‘21 gramos’, ‘Babel’ o ‘Los tres entierros de Melquiades Estrada’.
Esa escritura fílmica se ha ido compaginando a lo largo de los años de una manera más silenciosa con la literatura, desembocando en dos textos gigantes, no tanto por su tamaño, como por ese contenido desbordante para el lector de palabras y sensaciones. Si hace cuatro años la propia editorial Alfaguara nos traía ‘El salvaje’, ahora, con ‘Salvar el fuego’ en ese mismo sello, Guillermo Arriaga nos descerraja un libro de esos de insomnio, de los que cuando accedes a él entiendes el enigma de la escritura en el lector, convertido en un espinoso alambre que mezcla placeres y turbaciones.
Lo primero que nos llama la atención en el texto, sobre todo, imagino, que desde esta otra orilla del Atlántico, es el lenguaje, una explosión de términos de la jerga del Distrito Federal, de calles llenas de malandros que no dudan en balearte ante la mínima mirada de desafío. Una orgía lingüística, tan desbordante como magnética para el lector que, ante tanto vocablo galopante, se deja arrastrar por un torrente de palabras y expresiones entre las cuales también surge alguna sonrisa, por cómo la maleabilidad del lenguaje puede derivar en expresiones de lo más curioso. Lo mismo sucede con la integración de palabras procedentes de los Estados Unidos, huellas yanquis que se engarzan con la lengua del país azteca para producir un lenguaje mixto y que se le pega al lector de principio a fin... e incluso más allá.
Ese lenguaje es el que emplea Guillermo Arriaga para contarnos la historia de Marina, una coreógrafa que cae bajo la pulsión descontrolada del amor por un reo, José Cuauhtémoc, un hombre que ha sido capaz de quemar a su propio padre al tiempo que manifiesta unas dotes literarias impensables, y que en su estancia carcelaria coincide con esta mujer convertida ya en un fuego que mantener encendido durante el resto de su vida. La vida de Marina, una vida acomodada y feliz, de amistades, matrimonio e hijos, salta por los aires y todo se convierte en su subir por ese río de Conrad para conocer un corazón que ya para siempre también será suyo. Violencia, venganzas, sexo y toda una serie de historias que, como afluentes, alimentan esa corriente central, incrementando el ritmo necesario para mostrarnos cómo esa mujer es capaz de dejar todo lo que tenía de lado por esa pasión que lo que le otorga es la vida, el sentirla como algo indómito lejos de la domesticación del apacible hogar conyugal.
Faulkner, Pessoa, Borges, Thoreau, van dejando sus jalones en este relato de una marcada humanidad, en el que el ruido y la furia se convierten en el desfiladero para conocerse a sí mismo. Tanto Marina como José Cuauhtémoc hacen del otro un salvoconducto de su destino. En ella, alterándolo, desde la monotonía vital y la falta de creatividad en su trabajo; y en él, como luz de redención ante sus violentos hechos anteriores. Salvar ese fuego es salvar lo único que puede alumbrar semejante oscuridad. «Si mi casa se quemara y solo pudiera salvar una cosa ¿qué salvaría? El fuego, el fuego, el fuego». Para esa salvación Guillermo Arriaga despliega un conjunto de voces expuestas con su talento ya conocido para el montaje, para conjugar tiempos y miradas, para convertir la estructura de este texto en otra lección de ritmo y sensaciones que brotan de la mirada clara de quien no duda en mirar al fuego, en mirar al corazón de dos personajes inolvidables.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 20/06/2020

xoves, 18 de xuño de 2020

A xente que suma

Pepe Solla xunto a unha voluntaria no
comedor de San Francisco (Gonzalo García)

Entre as consecuencias que nos deixou esta crise do coronavirus penso que unha das máis salientables foi a de darnos conta, nunha situación extrema e nunca vivida, daquela xente coa que se pode contar ante a catástrofe e coa que non. Da xente que suma e da que resta. A que está disposta a arrimar o ombreiro, sen agardar nada a cambio, e os que se moven por intereses que se poden agochar en innumerables esquinas, que van dende os motivos económicos ata os políticos, con tantos ‘falabaratos’ que pensan que facer política é topar co de enfronte, e vez de tentar un punto de encontro que beneficie ao colectivo en vez de aos seus.
Poucas vacinas mellores para unha sociedade que dispor deste tipo de xente que non dubida en dar o mellor de si mesmos para tentar paliar o desacougo que se instala en moitas persoas, sobre todo naquelas máis desfavorecidas. E poucos andazos peores que aqueles que se adican a encher de barro o territorio no que nos movemos, xa de por si bastante enlamado (tanto o real como o virtual), son os que meten paos nas rodas dos que teñen que tomar decisións moi complicadas en situacións límite que se están a levar a vida por diante de milleiros de persoas. Xente que, cegados por eses miopes intereses e na procura dun protagonismo que nunca tiveron pola súa irrelevancia, non deixaron pasar nin un minuto de tregua para dubidar de todo o que se fai, para aproveitar unha situación crítica e tentar empurrar polo cantil da súa propia vergoña a un goberno elexido pola cidadanía e ao que se acusou dunha serie de barbaridades que deberían facer que todo ese apostolado do mal baixase a cabeza e nos deixen vivir sen as súas intrigas durante moito tempo.
Imos cos bos, que son os que pagan a pena. Os que quedarán no noso recordo como a xente coa que poder contar, os que empuxan dos seus dende o ámbito social ou dende o máis  íntimo. En Pontevedra houbo moita xente que adicou estas semanas a axudar aos que máis o precisaban. Xente que adoita facelo ao longo de todo o ano. Persoas anónimas, ánxos da garda que non esperan nada a cambio pero que se deitan pola noite co tesouro baixo a almofada de saber que fixeron o ben pola comunidade. Nos medios de comunicación adoitamos centrarnos máis naquela xente coñecida, eses rostros que ao longo do ano desenvolven unha profesión recoñecida e pola que asoman de xeito frecuente por estas páxinas. Por iso cando unha destas persoas cambia o paso toma un protagonismo merecido, pero que tamén ten que servir para salientar o traballo de todas esas persoas anónimas.
Así foi como nesas semanas alarmantes a figura do cociñeiro Pepe Solla converteuse nun deses rostros da solidaridade e do compromiso. Un chef de referencia na cociña adicado a plantexar, e mesmo a cociñar, menús para a xente con maiores dificultades económicas. Deste xeito o cociñeiro de Poio non dubidou en compartir momentos cos voluntarios das cociñas de San Francisco, a xente que cada día do ano se bate en duelo coa fame. O certo é que esa complicidade do chef tampouco é algo que sorprenda, non é a primeira vez, e non será a última, para alguén que sempre que se lle reclama para unha tarefa deste tipo fai un oco nos seus negocios para botar unha man, para aliviar penas e para manter ese apelido no máis alto da nosa sociedade, xa non só dende o ámbito culinario, que xa estableceu o seu pai a carón da nosa ría con letras de ouro, senón dende o da solidaridade.
Non debe ser sinxelo poñerse na pel daqueles aos que os tempos de crise golpean máis forte. Imposible facelo para os que nos movemos polo camiño da seguridade e o agasallo dunha vida chea de comodidades, pero as veces está ben poñerse un momento nesa situación, no que debe ser pasar fame, comer sempre produtos de supervivencia e que de repente poidas probar unha comida diferente. Ese instante vale moito, sentirse unha persoa, gozar dos teus sentidos grazas ao que ese alimento é quen de achegarte. Tres días á semana, duascentas persoas conseguían eses menús aos que Pepe Solla lles proporcionaba, non só a calidade dos produtos suministrados polos seus proveedores, senón tamén a súa xenial man para facer de calquera sabor un xeito de esquecer a realidade por moi complexa que esta poida ser. Iso é precisamente o que consegue Pepe Solla nos seus locais, un paréntese gozoso fronte ao real, xa que moitas veces eses sabores semellan irreais.
Tras superar os peores días a nosa sociedade quedou baixo as gadoupas da enfermidade. As feridas permanecen, sobre todos nos máis afectados e nos máis febles na súa economía. Pouco a pouco, e grazas a esa solidaridade de moita xente, recompoñeranse as cousas e todo quedará como unha aprendizaxe máis no sendeiro da vida. Abofé que Pepe Solla tamén aprendeu moitas cousas, mirarlle aos ollos a quen máis necesita ter unha mirada ao outro lado, ten que se unha boa ensinanza, ou tamén compartir cociñas cos que traballan a diario dende o anonimato, sen procurar máis estrelas que as de facer felices á xente e subir algunha máis ao ceo da bondade. Alí, Pepe Solla, dende estes días, sumou esa outra estrela que cada día merece máis na porta do seu restaurante.



Publicado en Diario de Pontevedra 18/06/2020


luns, 15 de xuño de 2020

Poesía a ras de suelo


[Ramonismo 28]
La poesía de Ben Clark es una búsqueda en la exploración de la vida desde el verso, generando así un permanente destello



REGRESAR de la muerte es improbable./ Regresar del amor, un imposible». Así comienza uno de los poemas del último libro de Ben Clark, ‘¿Y por qué no lo hacemos en el suelo?’, recientemente editado y puesto en la calle dentro de la colección Espasa de poesía. Ese salir a la calle tiene en la poesía de Ben Clark mucho de regreso, como en el inicio de su poema, ya que la poesía de este autor nacido en Ibiza en 1984 e hijo de padres británicos, tiene un férreo hilo que la sujeta con la calle, es decir, con cada uno de nosotros, sin impostaciones ni altisonantes palabrerías. Cada poema de Ben Clark es una búsqueda constante de ese poema que, como un planeta, orbita a nuestro alrededor para explicarnos, para intentar hacer de nosotros un destello en esa constelación de vidas que es nuestra sociedad.
Ben Clark logró ya, pese a su juventud, importantes reconocimientos, los premios Hiperión (2006), El Ojo Crítico (2014) y el Premio Loewe (2017). Este último por el libro ‘La policía celeste’ (Editorial Visor), uno de esos poemarios que hay que guardar a buen recaudo, un telescopio convertido en una constelación de poemas que uno rastrea como si lo hiciera en la búsqueda de un planeta por descubrir. Y es que muchas veces un poema es eso, un astro desde el que recoger la vida para entender la existencia propia, mientras, a su alrededor, orbitan diferentes satélites como la intimidad, la familia o el amor.
Ese amor es el que en ‘¿Y por qué no lo hacemos en el suelo?’, se convierte en ese gran astro luminoso que todos conocemos, aunque nunca del todo. Dedicar un libro de poemas al amor es recuperar una parte de la poesía que en los últimos años se ha visto distraída entre otras pretensiones consideradas como más necesarias o que le otorgarían al poeta una mayor consideración por la crítica, no pasando la presencia del amor de un par de poemas dentro de un conjunto amplio de textos. Ben Clark recupera, por lo tanto, esa consideración del amor como uno de los grandes temas de la poesía, quizás incluso como el origen de la misma y uno de sus máximos catalizadores a lo largo de los tiempos. Sería interminable el listado de poetas que del amor hicieron tema, desde el primigenio Petrarca que discutió la oscuridad del amor divino con el amor terrenal, pasando por Lope de Vega, los simbolistas franceses, Neruda, Cernuda o Gil de Biedma, por dejar anotados algunos nombres. A ellos se le suma Ben Clark con este itinerario amoroso que él mismo entiende como una compañía y cómo, a partir del disfrute del amor, podemos sentirnos vivos. Es cierto que cada amor es una vida entera, un proceso de aprendizaje que se fragua entre dos a partir de la experiencia compartida. Sobre ese trayecto común se balizan estos poemas donde transitamos entre batallas de besos, sufrimientos y perdones, caricias y portazos, culpas y recorridos por esa geografía de la piel que tanto nos turba, pero que solo el poeta es quien de convertir en palabra y en esa mirada precisa y sólida que consigue este lenguaje que Ben Clark convierte en destello gracias a su maestría y a esa reducción a lo importante conseguida en cada palabra y en cada verso medido hasta la emoción desde la pregunta: ¿Y por qué no lo hacemos en el suelo?, y la respuesta: «ya solo hay que ascender».


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 13/06/2020

domingo, 7 de xuño de 2020

Carne hecha palabra


[Ramonismo 27]
Marta Sanz construye un relato de memoria desde la violencia humana con la palabra como nexo temporal


SOMOS todavía un gran silencio. Un país enlodado por las historias de los que yacen en cunetas y fosas comunes fruto del odio y la violencia. Complicidades criminales que se han ido sepultado con el paso de los años en estratos cada vez más profundos para hacer de aquellos restos huesos que un chamán agita de tanto en tanto para recordarnos de dónde venimos. Cada vez que un historiador o un escritor decide remangarse y meter las manos en esas capas inferiores de nuestra sociedad remueve nuestra conciencia, dignifica a aquellos que fueron agraviados junto a sus familias y repara, en parte, la deuda que todavía tiene esta sociedad con un dolor tan inexplicable como inexplicable es el desprecio de las clases dirigentes por reconciliarse con ese pasado para aliviar nuestro presente.
Marta Sanz se ha subido las mangas hasta bien arriba para poner en nuestras manos ‘pequeñas mujeres rojas’, una novela editada por Anagrama en la que adentra en ese bosque del terror a través de la historia de una mujer que se dedica a localizar fosas de la Guerra Civil. Paula Quiñones es esa protagonista que llega a Azafrán para afrontar una tarea que le abrirá las puertas del infierno. Un camino de azufre por el que se adentrará para descubrir como todavía hoy podemos estar muy unidos, a través de ese silencio cómplice, con los descendientes de tantos actos de barbarie y cuyo gen violento todavía se mantiene activo. ‘pequeñas mujeres rojas’ es una novela que fractura el silencio, y lo hace a través de la palabra, esa palabra que, desde su contundencia, es la única que puede despejar las sombras siniestras de ese pasado de sangre y tierra, de una violencia muy presente en el libro y magistralmente literaturizada por parte de la autora que sabe de la necesidad de «darle palabra a la carne» como manera de azuzar nuestros sentidos y convertir a aquella carne flagelada en notaria de una barbarie inherente a una sociedad como la nuestra.
Esa violencia forma parte de nuestro día a día, y ello sin hablar de una situación de excepcionalidad, como lo pueda ser una Guerra. Violencia contra las mujeres, violencia contra los animales, violencia contra los menores, en definitiva, una sociedad incapaz de superar un atavismo cerval que nos condena a repetir errores. Esa violencia está contenida en el texto como el magma que todo lo vincula. El pasado y el presente, los personajes de ayer y los de hoy, como explicación de una sociedad que ha edificado su convivencia sobre los restos de un ayer que todavía continúa emitiendo sus fuegos fatuos. Secretos de ‘ovejas negras’ e ‘hijos pródigos’ que en tantas familias armaron un escudo que los amparaba ante la indolencia, ante ese mirar hacia otro lado que llegado a un punto extremo puede volver a activarse para conducirnos de nuevo a la muerte y a reproducir los vicios de una España que mantiene, en muchos aspectos, demasiada caspa sobre sus hombros.
Junto a la capacidad del libro para poner ante nuestros ojos esa permanencia de la violencia, el otro gran mérito de Marta Sanz es cómo se despliega ese purgatorio ante nuestros ojos, con una estructuración tan brillante como inteligente, que reclama del lector su activación no solo como mero acompañante, sino que exige que él mismo se adentre por esos caminos. Dividido en diferentes partes, las voces mudan y nos sitúan ante la modificación del relato y, por tanto, de quien debe acercarse a los hechos que se cuentan. Paula nos narra su historia, pero también la cuenta a través de cartas dirigidas a quien posteriormente asumirá dicha narración en primera persona. Miradas que se van sumando a todas esas voces que dinamitan la espesura de las ‘voces bajas’, que diría nuestro querido Manuel Rivas, para que ciertas historias no salgan de los muros de piedra de las afinidades familiares. Miradas que también buscan su anclaje en referentes culturales que Marta Sanz pone ante nosotros como guijarros en el camino: Manuel Vázquez Montalbán, Dashiell Hammett, Juan Rulfo... y así hasta componer un itinerario paralelo que no hace más que escrutar al ser humano en su negrura más insondable.
Como buena novela, y esta lo es, la historia que se cuenta es parte de un relato mayor, de una historia común en un país al que tanto le flaquea su memoria democrática, de ahí que a lo largo del texto la autora se aproxime mucho a cómo somos, a cómo esta sociedad se ha ido alimentando de irresponsabilidades y de procesos inacabados. «¿Quién dijo que la literatura no podía ser edificante?», se escribe en algún momento del relato y, ciertamente, la apuesta de Marta Sanz por las ‘pequeñas mujeres rojas’ es una apuesta por la ejemplaridad, por la necesidad de conocer para ser.


Publicado en Revista. Diario de Pontevedra 6/06/2020

venres, 5 de xuño de 2020

Paseos ao solpor



«En los bosques recobramos la razón y la fe. En ellos me parece que nada malo puede sucederme en la vida, ninguna desgracia, ninguna calamidad que la naturaleza no pueda reparar»
Ralph Waldo Emerson

“La ciudad se dirige a ti en el idioma del deseo”
Antonio Muñoz Molina



Convertéronse os seráns durante o confinamento en descubrimentos de moitas realidades ás que non lles prestamos atención, estando como estamos, sometidos a nosa ditadura diaria, tan asoballante para todo o que signifique vida e lecer. Refírome a espazos naturais que nos rodean como un agasallo desprezado acotío. Vivindo na zona da Parda abríronse ante min toda unha chea de pequenos, ou non tan pequenos, tesouros que me devolveron a mirada a aquilo que me converte nun ser privilexiado por vivir na cidade na que vivo.
Saír a camiñar por Marcón, Tomeza ou Salcedo converteuse nunha das grandes ilusións da miña obrigada reclusión caseira. A diario facía dos meus paseos ao solpor unha sorte de terapia que me elevaba por riba das noticias que escoitaba ao longo do día, unha tras outra, dende os medios de comunicación, amoreando novas dramáticas e de comportamentos que non falaban demasiado ben da especie humana. Penso que se algo deixou claro esta pandemia é a necesidade de plantexarnos o mundo doutra maneira, con ritmos diferentes, e coa recuperación de ámbitos naturais que estivemos esmagando xeración tras xeración, convertendo o noso mundo nun laboratorio de enfermidades que, debido as canles da globalización, espállanse polo mundo a un velocidade de vértixe.
Descubrir, gozar, camiñar por todos estes espazos converteuse no mellor dos bálsamos, no remedio axeitado para darlle acougo ás emocións do día e para evocar á natureza como o gran refuxio da alma humana. Pensamos pouco en nós mesmos. Estamos cansos de escoitar falar sobre o que sacaremos en limpo destas semanas. Palabras e palabras sobre se seremos mellores ou todo seguirá igual. A medida que pasan as horas, dende o brutal impacto do terror, esa esperanza disólvese como un copo de neve baixo o sol, e todo porque o frenesí diario comeza a marcar o noso ritmo, a apropiarse, como un vampiro, do noso corpo e do noso pensamento. Esa anulación da mente, condicionada dende os infindos mensaxes con que nos abruma a sociedade, dende os soportes tecnolóxicos, os móbiles, a publicidade ou os medios de comunicación, substituíndo, de xeito perverso, a información e o coñecemento polo anuncio, converten a nosa cabeza nun cóctel cada vez máis axitado que despexa en nós esa necesidade de adicarnos uns minutos para recoñecer o que de verdade importa. «En los bosques recobramos la razón y la fe. En ellos me parece que nada malo puede sucederme en la vida, ninguna desgracia, ninguna calamidad que la naturaleza no pueda reparar», escribe Ralph Waldo Emerson no seu libro ‘Naturaleza’, escrito en 1836, e que a editorial Nórdica recupera agora nunha fermosa edición ilustrada por Eugenia Ábalos e coa traducción de Andrés Catalán. Palabras que nos sitúan ante esa natureza entendida como unha terapia dende a que poder sentir o que nos concede valor como especie, e non todo o que xorde antes nós neste balbordo no que estamos inxeridos dunha maneira cada vez máis degradante para nós mesmos, tanto dende o punto de vista da cidadanía como dende as responsabilidades dos nosos excitados políticos.
Esa sensación de sosego, de que nese interior de árbores ergueitos, como os piares dunha catedral, nada malo pode acontecer, repetiuse ao longo de moitos deses paseos por todos estes paraísos ao pé da casa, pero foi o último o máis emocionante, abofé por ser o que tiña máis preto do fogar e ao que non lle fixera demasiado caso. O sendeiro do Gafos en dirección a Tomeza, que parte dende a rúa Otero Pedrayo, era un paso cotiá nesas camiñadas que incluían esa rúa aínda que nunca me adentrara nel ata que facelo converteuse nun deses momentos máxicos dunha vida demasiado apegada ao asfalto e o formigón. Camiñar, cando o sol se pon, a carón desa limpa corrente de auga na que pequenas troitas debuxaban sombras sobre o seu leito, entre os rechouchíos dos paxaros, con margaritas silvestres e estraloques, flanqueando as beiras do camiño, como as luces dunha pista de despegue cara o ceo da emoción, ou entre salóns formados por pequenas fervenzas e pontes de pedra, foi unha experiencia única, na que non cansaba de repetirme a min mesmo: «e todo isto o teño na porta da miña casa!». Tamén lembraba, por suposto, ese labor calado e teimudo da Asociación Vaipolorío, impagable para unha cidade, no seu traballo de sacrificio para manter ese espazo nas mellores condicións posibles, permitindo así que todos os cidadáns poidan gozar dese milagre que é ter espazos desa magnitude no medio dunha cidade. Xente solidaria que, como tantos e tantos, ao longo desta situación sanitaria excepcional que vivimos, non piden nada a cambio polo moito que eles nos dan, exemplificando esa necesidade de solidaridade e de ben común que ten que construír a que sería unha nova sociedade.
Vivimos dopados, sobreestimulados por un consumismo devastador cuxas consecuencias comezan a asomar baixo os bordos desa alfombra na que ata o de agora escondíamos as nosas miserias. “La ciudad se dirige a ti en el idioma del deseo”, escribe Antonio Muñoz Molina en el imprescindible para entender este tiempo ‘Un andar solitario entre la gente’ e penso nas primeiras semanas, cando nos deixaron saír da casa, coas rúas e estes espazos naturais ateigados de xente que camiñaba feliz como se o universo fose a extinguirse ás poucas horas. Varias semanas despois, a xente xa perdeu ese hábito e os paseos perderon na competencia das terrazas, na competencia dun mundo que facemos contra nós.



Publicado en Diario de Pontevedra 5/06/2020