martes, 22 de octubre de 2013

Continente Vargas Llosa

Y, una vez más, como tantas en su vida, Felícito recordó las palabras de su padre antes de morir: “Nunca te dejes pisotear por nadie, hijo. Este consejo es la única herencia que vas a tener”. Le había hecho caso, nunca se había dejado pisotear.


Por cuestiones de edad ya no son muchos los libros que le restan por escribir al Premio Nobel Mario Vargas Llosa. Cierto es que con lo ya publicado, o incluso con su primera decena de libros, ya habría sido más que suficiente para respaldar los numerosos galardones obtenidos por el escritor peruano y para hacerse un hueco en la eternidad literaria. Y me refiero específicamente a sus primeras obras por su implicación con su lugar de nacimiento, con un Perú que aquí se convierte de nuevo en fértil protagonista y en andamiaje de una narrativa que nos retrotrae a esos primeros libros de Mario Vargas Llosa en los que personajes, ambientes y estilo configuraron lo que el tiempo reafirmaría como todo un continente literario. El continente Vargas Llosa.
 ‘El héroe discreto’ narra la historia paralela de dos personajes: Felícito Yanaque, un pequeño empresario de Piura, que es extorsionado; y de Ismael Carrera, un exitoso hombre de negocios, dueño de una aseguradora en Lima, quien urde una sorpresiva venganza contra sus dos hijos holgazanes que quisieron verlo muerto. Una doble trama que nos asomará a un Perú diferente al que conocíamos por parte de su autor, pero en el que todavía se reconocen muchos de los rasgos de aquella comunidad. Pero sobre todo, lo que destaca, y en lo que uno se siente cómodo es en el tratamiento de las situaciones, en el ejercicio literario que durante todo el libro (este sí, sin fisuras, no como sucedía en ‘El sueño del Celta’, con un arranque glorioso pero que posteriormente se iba diluyendo) permanece constante y te lleva a aquel escritor que te enamoró con aquella decena de libros.
Por todo el relato sobrevuela esa sensación de cotidianeidad en todo lo que sucede, un universo en el que nada es forzado y todo parece surgir de manera natural. Un hábitat de normalidad en el que dos personajes se vuelven héroes ante lo que la vida les ha deparado, ante una especie de prueba que deberán sortear sin grandes aspavientos, rigiéndose por una cotidianeidad que a buen seguro es la que define a tantas y tantas vidas en la patria del escritor nacido en Arequipa.
Como en pocas obras de Mario Vargas Llosa el humor reclama aquí un protagonismo singular. Un elemento que relativiza muchas de las tensas situaciones que en el relato se presentan tiñendo algunas de ellas de una brillantez concedida por el humor inteligente que sabiamente maneja el autor. Ese humor también se rastrea en la inclusión en el libro de espacios o personajes que ya formaron parte de algunos de sus anteriores libros. La casa verde o personajes como el sargento Lituma, don Rigoberto, doña Lucrecia o Fonchito se integran en este libro como miradas a un pasado al que rinde homenaje el autor como en una especie de canto de cisne. Es el reconocimiento de que no serán ya muchos los libros a escribir y, por lo tanto, el recuerdo y cariño hacia su tierra, tan inspiradora de ese continente literario, toma aquí un profundo sentimiento de emotividad.
Tanto Felícito como Ismael buscan tomar las riendas de su propio destino, hacer de la justicia, su justicia, un pasaporte que se imponga a las miserias que les acechan y donde, sobre todo, la libertad del individuo y sus deseos deben imperar a la hora de un planteamiento de vida. Y es que en esos dos personajes se esconden muchos de los ideales del propio autor, siempre comprometido con la libertad como bandera máxima del ser humano, como irrenunciable estandarte del que hacer pender cada una de nuestras vidas. Desde esa libertad ambos protagonistas desafían al destino y afianzan su compromiso con su país, con ellos mismos y con ese continente llamado Vargas Llosa.

Publicado en Revista Diario de Pontevedra y El Progreso

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