martes, 5 de noviembre de 2013

La caricia de la poesía


“No es el amor quien muere, Somos nosotros mismos”.
Un libro a medio leer ejerce de frío notario de la muerte del poeta. Una habitación en el exilio mexicano, y ese libro de Emilia Pardo Bazán fueron lo último que pudo acariciar Luis Cernuda antes de su muerte el 5 de noviembre de 1963. Acariciar y acariciar. Son pocos los poetas que han hecho de su poesía y hasta de su vida una caricia tan intensa como la del poeta sevillano, convertido en uno de esos islotes que nuestra lírica ha dejado flotando en el océano de la incertidumbre, muchas veces del olvido, aunque éstos siempre se lleguen a avistar plenos de exuberancia creativa. Y era una isla incluso dentro de esa Generación del 27 de la que formaba parte, su singularidad le confirió esa peculiaridad a la que él mismo contribuyó desde una lejanía tan autoimpuesta como insobornable.
El periodista y poeta Antonio Lucas escribió sobre él hace unas jornadas en El Mundo como de “el más solitario de los poetas de la Generación del 27” o que “Antes o después se llega a Luis Cernuda” (busquen esa página y devórenla). Y es que se llega a él con independencia del tiempo o la edad, que quizás son lo mismo, o quizás no, porque su poesía es de largo recorrido, de profundo aliento, incapaz de someterse a modas aunque haya rozado algunas de ellas. Vanguardias que se iban adaptando a su visión del mundo, a su soledad, a su amor, a su homosexualidad, a su pálpito por la vida, a la rebelión y a la revolución, a la diferencia y a la pasión, a la resistencia y al triunfo. Cada uno de sus poemas se clavan en el lector como incisiones que se vuelven permanentes, certeras miradas a un ser humano con la carta de la decepción en la bocamanga y a la que no duda en enfrentarse el poeta.
“No, no es el amor quien muere”


Publicado en Diario de Pontevedra 5/11/2013

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