jueves, 7 de noviembre de 2013

Una imagen para la historia del cine

Nunca una imagen reunió a tantos genios del cine como la que se tomó hace más de cuarenta años en la mansión de George Cukor. Y todo por el interés que los grandes de Hollywood tenían en conocer a un director español al que admiraban: su nombre, Luis Buñuel. Solo unos meses después ganaría el primer Oscar para nuestro cine

Nunca se han visto juntos tantos genios del cine como en la fotografía que se tomó en un día de noviembre de 1972 en la casa de George Cukor. Allí estaban Robert Mulligan, William Wyler, Robert Wise, Billy Wilder, George Stevens, Alfred Hitchcock, Rouben Mamoulian y Luis Buñuel junto al anfitrión. Casi en espíritu también estaban John Ford, que se había marchado minutos antes, y Fritz Lang, que por motivos de salud no había acudido al evento, y al que Luis Buñuel visitó al día siguiente.
Seguramente son los mejores directores de la historia del cine, por lo menos los mejores de los surgidos de aquella fábrica de sueños que eran los estudios de Hollywood. El porqué de esa foto, así como un recorrido por cada uno de los comensales de esa comida, es la excusa que sirve al periodista y escritor Manuel Hidalgo para aproximarse a todos ellos en la búsqueda de aquello que los definía y los singularizaba.
El 9166 de Cordell Drive era el punto de reunión de gran parte de lo que se movía por el Hollywood más espectacular. Fiestas con los actores y actrices preferidos de un público que los adoraba, porque ellos eran estrellas de verdad, nada que ver con lo que tenemos ahora. Esas celebraciones convirtieron la mansión de George Cukor en un lugar emblemático en Hollywood. El famoso director era uno de los anfitriones preferidos y así fue como en noviembre de 1972, coincidiendo con el Festival de Cine Internacional de Los Ángeles, en el que se proyectó ‘El discreto encanto de la burguesía’ (cuatro meses después lograría el primer Oscar para el cine español), George Cukor invita a Luis Buñuel a su mansión para rendirle una suerte de homenaje a cargo de los ‘dioses’ de la dirección. Una especie de incorporación en el olimpo cinematográfico de uno de los directores más singulares de la historia del cine. Luis Buñuel se presentó acompañado de su guionista Jean Claude Carriere y su productor Serge Silberman.
De esta manera Luis Buñuel era aceptado por Hollywood como director tras demasiados años de olvido y de penar por diferentes geografías hasta encontrar un proyecto sólido. Recordemos que Luis Buñuel pasó por Hollywood antes de su prolongada estancia mejicana.
Manuel Hidalgo compone a través de las páginas de este libro un muestrario de lo que fueron todos aquellos nombres a través de un recorrido nada monótono por sus vidas, mostrando sus características como creadores a la vez que nos va ofreciendo datos y planteando las diferentes situaciones que surgieron durante esas horas en común en las que esa colección de egos debieron sentirse como leones enjaulados, observándose entre sí, desconfiando e interactuando a medida que pasaban los minutos y el hielo se iba rompiendo, muchas veces más que por las filias cinematográficas por cuestiones como la comida, el vino o el tabaco, de las que tanto podrían discutir Alfred Hitchcock, Billy Wilder o Luis Buñuel. A través de esos detalles podemos conocer las afinidades entre ellos o las distancias, que también las había, entre sus formas de entender el cine. El periodista irá integrando entre anécdotas y recorridos individuales unos muy interesantes insertos cinematográficos sobre ‘El discreto encanto de la burguesía’, la película premiada por la Academia, y que en buena medida generó esta reunión. Unos cortes en la continuidad del libro que juega como en una película de Luis Buñuel con las rupturas temporales, con la linealidad narrativa y que, vista desde el propio argumento de la película, genera un paralelismo con aquellos directores que George Cukor encerró durante unas horas en su casa alrededor de un almuerzo.

Cuando acaba de publicarse la biografía que Ian Gibson ha escrito sobre el Luis Buñuel más joven, ‘La forja de un cineasta universal’, este relato de Manuel Hidalgo es también un homenaje al director aragonés, en este año en el que se cumplen treinta años de su fallecimiento. Y es que por más que pasen los años la profunda huella del mejor director de nuestro cine sigue alimentando su gigantesca figura acrecentándola con cada publicación. Hollywood así lo entendió al afirmar su singularidad y sus aportaciones a un cine que tuvo en su figura la oportunidad para reunir a tantos talentos.


Publicado en Diario de Pontevedra 3/11/2013

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